Vanesa & Manu

person Publicado por: Aina Flores Hidalgo, Pedagoga, psicopedagoga y profesional de la sexología list En: Relatos eróticos En: comment Comentario: 0 favorite Golpear: 688

Ves descubriendo poco a poco como avanza la historia de Vanesa y Manu...

PRIMERA PARTE DE RELATO

Ya está del baño... ¡Qué nervios! No quiero que note que me gusta... 
Estoy segura que piensa que soy absurda. ¡O estúpida! Siempre hago ruidos cuando está cerca; incapaz de hacer una frase lógica cuando me pregunta algo. 
Su presencia me corta la respiración. Tiemblo. Me siento fatal... 
Y es que esto no estaba planeado. 
—Buenos días —sonríe nada más abrir la puerta del baño y sale recién duchado, afeitado y vestido de forma impoluta.
Está tan guapo con esos cabellos humedecido y alborotados. Me muero. ¡Aquí mismo! 
—¿Has hecho café de más? —mira la taza que sostengo en mi mano —. Oh... Eres la mejor compañera de piso que he tenido —besa mi mejilla, en plan ¿amistoso? 
—Hm...
Le da un sorbo a la taza de café que me ha arrebatado de las manos, mientras mira su precioso reloj, que asoma por debajo de los puños de esa camisa perfectamente planchada. 
—Llegaré tarde. ¡Maldita manía de poner reuniones a primera hora! —se atraganta al ver las agujas del reloj. 
—Hm…  —arquea una ceja al escuchar mis gorgoritos. 
Flipa con mi falta de comunicación. 
Me escondo, dando un gran sorbo a mi taza de café. 

SEGUNDA PARTE DE RELATO

—Díselo.
—No —exagero mi negativa, agitando mi larga melena rizada —. Ni de broma, Tina. Quedaré como una idiota si no siente lo mismo por mí. Además, perderé al mejor compañero de piso que haya tenido jamás. Es ordenado, cocina bien, paga su mitad de alquiler al día...
—Vanesa, por favor. Babeas por tu compañero de piso. ¡Convives con él! 
Juego con el cable del teléfono de la centralita. Pensativa. Ida en esa imagen en mi cabeza. Me creí tan fuerte como para firmar el contrato. 
Sus gestos, su voz, su mirada azulada. Ese hoyuelo que se dibuja en su mejilla cuando sonríe. 
—¡Ay! —suelto el cable, de mala gana. Tina se sobresalta en la silla —. Así no se puede vivir —lloriqueo, dejando caer mi frente sobre mi agenda. 
—Pues yo, si fuese tú, le iba a comer la...
—¿Mucho estrés? —interrumpe nuestro jefe, con cara de cabreo —. ¿De parloteo? ¿Para eso os pago? —nos fulmina con la mirada. 
—Si fuese por lo que nos paga… —susurra Tina, recolocándose con chulería en su espacio del call center. 
—¿Cómo dices? 
—Nada, jefe. Que tenemos mucha suerte de estar aquí —se burla mi compañera de jornada. 
Gruñendo, el hombre que dirige el departamento se marcha a su despacho. No traga a Tina, pero es la mejor comercial de todo el call center. 

TERCERA PARTE DE RELATO

—¿Qué haces? —Manu se sienta a mi lado, en el sofá.
Tecleo a más velocidad en mi laptop, sin apartar la vista de la pantalla. 
Como lo mire, no podré con esa imagen. Ese pijama me provoca taquicardias. 
—Eh… —busca hacerse hueco entre la pantalla de la laptop y mi mirada —. Vanesa, ¿puedo hacerte una pregunta? 
—Hm... Sí. ¿Sobre la compra? ¿Pido online? 
Mis dedos sacan fuego. Estoy descargando los nervios a golpes contra las teclas. 
Navego por la web del supermercado, sin sentido alguno. Naranjas, papel de wc, bollería... 
—¿Te...? —baja la mirada a sus piernas —. ¿Te caigo mal o algo así?
—¿Cómo? ¿Qué? —trago en gordo y aguanto la respiración. 
—Me evitas todo el tiempo. —Y dejo de teclear, asustada por sus razones a mi silencio —. Llevamos cuatro meses viviendo en el mismo piso. De repente, dejas de dirigirme la palabra y ni me miras al cruzarnos por el pasillo. Hice algo que... —suspira con fuerza —. No sé... ¿Hice algo mal? —Mi estómago da un vuelco —. Te pido perdón, a pesar de que no saber lo que te ha molestado de mí —escapa una risa tímida al subir la vista sus piernas. 
Ese hoyuelo está ahí para hacerme bajar la guardia. 
—Es que... Yo...
—Dime la verdad —suena suplicante. 
Si supiese cómo se hace eso. 
Me impone tanto... Esto no me puede estar pasando. 
Llega ese incómodo silencio. Mis palabras clavadas en la garganta. Mi inseguridad.
—Comprendo —suena derrotado por mi falta de explicaciones —. Te dejaré tiempo para decirme lo que sea. Vigilaré más en la convivencia. Lo siento. Te dejo que sigas con tus cosas —enciende la televisión y se acomoda en el sofá.

CUARTA Y ÚLTIMA PARTE DE RELATO

Manu no sale esta noche de viernes. Está preparándose un Gin-tonic en la cocina. 
Viste con ropa holgada, se ha despeinado y se ha quitado el elegante reloj. 
Es su mejor versión. La que me enamoró la primera noche que pasó en esta casa. 
—Eh, Manu —paso por su lado, directa a la nevera. Ahí dejé que mi cita de viernes se enfriase.
No me presta atención. Coloca con cuidado la rodaja de pepino dentro de la copa de balón. 
—¿Puedes acercarme una copa de cristal de ese armario? —rompo con el incómodo silencio —. Por favor —me mira, extrañado. Muerdo mi labio inferior, nerviosa. Entonces, trastea en el armario, con brusquedad. Busca la copa más adecuada y me la ofrece —. Gracias. Por la copa y eso… —Pero se encoge de hombros. 
Me sirvo una copa de vino rosado, mirando la absurda situación que ha provocado mi falta de valentía. Tina me animó a confesar, pero no me veo capaz de afrontar su negativa. 
—¿Hoy no sales, como cada viernes? —pregunto en un hilo de voz. Doy un trago de vino para bajar esa tensión que tengo en la garganta. 
—No. Ya sabes... Por las restricciones del toque de queda —se apoya en la encimera, ladeado, mirándome con esos ojos que hipnotizan. 
—Claro —bebo, escapando de su lógica. 
—¿Significa que después de una semana me has perdonado, Vanesa? —entrecierra los ojos, marcando bien su malestar. 

 

Seguro que hice el ridículo. Culpo a la charla, los brindis, las risas y su mirada. Me hizo perder la vergüenza y salió una parte de mí que escondo todo el tiempo. Lanzarme me salió de dentro, sin pensar en las consecuencias. 
Manu se quedó bloqueado. Inmóvil. No hizo nada al recibir el impulso de mi cuerpo sobre el suyo, mis labios buscando ser correspondidos y, mi gemido roto en la garganta al sentir ese placer recorriendo mi cuerpo.
Me marché corriendo a la habitación, sonrojada, aturdida por el alcohol y por el calor que despertó el acercamiento con Manu. 
Me tumbé en la cama, vista al techo, pensando en esa sensación entre mis piernas. 
Pero Manu no entró para decirme nada. Escuché que se servía otra copa, en la cocina, supongo que para ahogar su molestia conmigo. 
Mi mente siguió dibujando la continuación de ese beso. Pensamientos pasionales, carnales, deseosos de un orgasmo libre de vergüenza. Y acabaron de adueñarse de mis manos, temblorosas, pero con las que me acariciaba yo misma para saciar ese calor, esa humedad en mi sexo. Manu estaba conmigo, pero a través del tacto de mis dedos, que se colaron hasta mi sexo, rocé mi clítoris y me dejé llevar por la fricción de las húmedas yemas. 

……

No me esperaba a esa Vanesa. Siempre era tímida, controlada, silenciosa...
Ayer noche estaba muy bien junto a ella. Disfruté de su risa, de su alocada conversación y su coqueteo.
Entre broma y broma, se lanzó a por mí; sentí su boca buscando la mía, su cuerpo acaparando mi espacio, su gemido de placer retumbando en mi paladar. 
De repente, cuando posé mi mano en el bajo de su espalda y la presioné contra mí, ella acabó con el beso, me miró con cierta culpabilidad en los ojos y, vi en ellos que volvía a ser la chica tímida que me alquiló la habitación. 
Antes de que pudiese pedirle que viniese a mi habitación, que acabáramos lo que ella había empezado, se puso en pie, dejó la copa en la mesa de centro y, se fue corriendo hasta su habitación. El golpe seco de la puerta me dejó sin saber qué hacer. ¿Me estaba dejando claro que aquello había sido un error? ¿Que no quería y se arrepentía? ¿Que no le gustaba tanto como ella a mí? 

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