Relato Erótico: Almas rotas

person Publicado por: Aina Flores Hidalgo,profesional de la sexología En Relatos eróticos list En: Relatos eróticos En: comment Comentario: 0 favorite Golpear: 170

El rey Nayden llevaba meses sintiendo que la vida se le iba de las manos. El doctor le había advertido que....

Parte 1: La fiesta de almas rotas


El rey Nayden llevaba meses sintiendo que la vida se le iba de las manos. El doctor le había advertido que, si se cuidaba, podría vivir solo unos meses más, pero que era una muerte anunciada.
 
Nayden no había conocido a la mujer que le acompañase en su mandato y, no tenía hijos que heredasen su cargo. Había recibido numerosos acuerdos sobre papel, tratos a los que poner el nombre de sus tierras a esas princesas, pero a Nayden no le parecían suficientes halagos para formar parte de su apellido.
 
Su inminente muerte apremió el enlace matrimonial. Dejándose llevar por la rabia que sentía por haber ido a todas las batallas de guerra para defender a un pueblo de desagradecidos que ahora aplaudían su muerte, quiso sentenciarlos con su ira. Convocó una fiesta para conocer a todas las mujeres condenadas por su maldad, desterradas del reino por su peligroso lado siniestro y, las que habían sido encerradas en mazmorras por sospechar de una mente retorcida.
 
Todas esas almas rotas aceptaron la invitación. Nayden era un joven apuesto que había ganado una mirada algo perturbada desde que la venganza ocupaba su mente y, el bebé que soñaban tener con él, tendría el poder absoluto desde que se engendrase.
 
El monarca puso una condición a la asistencia: todas las presentes debían vestir con gran elegancia, peinar sus cabellos y maquillar su rostro y oler a un perfume adictivo. En su atuendo, él debía poder reconocer cuál era su mayor crimen, castigo o intención de destruir a los demás. Elegiría a aquella que más dolor hubiese causado antes y pasarían la noche juntos, en su alcoba.

El trato seguía en la invitación: después del sexo, la siniestra no podía matarlo, debía esperar a la muerte natural, paciente y sirviendo sus deseos hasta el último de sus días.
Pero, en letra pequeña añadió «Para saciar vuestra intención de matarme, mi lady, podría ocuparse de causar sufrimiento al pueblo, cada vez que sea un gusto incontrolable. No recibirá pena por ello».
 

Parte 2:La fiesta del gustoso dolor

 
Aquellas mujeres tenían a los músicos agotados con peticiones de acordes que alimentasen sus movimientos acentuados al bailar.
 
El monarca disfrutaba de la imagen de la tentación, que, aunque era una situación perturbadora por esas criaturas del mal, estaban despertándole algo absolutamente excitante. Mujeres tremendamente bellas, de cuerpos hechos por el mismísimo diablo de la tentación, acariciándose por cada rincón de su cuerpo para llamar la atención de las malas intenciones del monarca. Nayden imaginaba un sexo distinto, más extremo que el que había tenido con las criadas de palacio.
 
Esas miradas cargadas de deseo, directas y fieras, no las había visto jamás en sus sirvientas y en las mujeres del pueblo. Sabían jugar con los gestos de Nayden, que seguía sentado en el trono, deseoso de que ese espectáculo de carne llegase a su alcoba.
 
De entre las cien mujeres, él no podía quitarle la vista a cuatro de ellas. La del vestido de rosas rojas y espinas negras le mostraba sus anchos muslos, sudorosos de la falta de descanso del baile. La del vestido de corte sirena, de encaje negro, jugaba a cubrir su sonrisa con una cuerda de soga atrapada entre sus dientes, haciendo que su expresión pícara cobrara más fuerza. La mujer de corsé negro y falda corta de tul, pasaba las cadenas cosidas a su atuendo, por entre sus piernas, lentamente, excitada con roce, pidiéndole más a la mirada excitada del monarca. Y la última de las de sus preferencias, con un vestido burdeos y negro en palabra de honor, se acariciaba el cuello con un frasco de cristal redondeado, de unos diecisiete centímetros, lleno de un líquido blanco.


Nayden decidió invitar a las cuatro mujeres a su alcoba. Deseaba morder los muslos manchados de tierra del cementerio e impregnados de gotas de sudor; atar a la de la soga a los barrotes de la cama mientras ella intentaba alcanzarle durante el sexo; obligar, a tirones, a la de las cadenas, a besar a la atrapada en la estructura de la cama y, hacer doble penetración con el frasco, a la dueña de este.
 
Nayden quiso que su hijo fuese de la mujer más sutil: la que envenenaría al pueblo, haciendo que agonizasen lentamente, con sus pócimas mortales.

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FELIZ HALLOWEEN 2022 ORGASMOS TERRORIFICAMENTE PLACENTEROS

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