Orgasmus Campamentus

person Publicado por: Aina Flores Hidalgo,profesional de la sexología list En: Relatos eróticos En: comment Comentario: 0 favorite Golpear: 1093

Si te vas al campo este verano con unos amigos o has tenido algún romance de campamento, esto te va a gustar.

Marcos ha venido directo a la tienda de campaña de guardia, es decir, la mía. 

Estirados uno junto al otro, cara con cara, miro de cerca la caricia de mis dedos por su quijada cubierta de barba.
Amo ese tacto áspero en mis yemas. 
Lo bien que le queda ese aspecto dejado y descarado que empezó a tener al cuarto día de campamento.

—¿Los peques están dormidos, Val? —se burla de mi función de guardiana de la noche.
—Claro que no. Al igual que no lo estamos sus monitores —sonrío de lado, pícara en gesto al ponernos como ejemplo de lo incorrecto —. Van a aprovechar las noches sin vigilancia de sus padres. Esos pequeños cabrones están devorando las bolsas de caramelos que traían en sus mochilas. Seguro que estarán contando secretos o historias de miedo. 

Repaso sus labios con el dedo pulgar. Me siento tan atraída por su cicatriz en el centro del labio superior… La barba cubre algo del largo de esa herida del pasado, pero a mí favor, recuerdo perfectamente lo mucho que llamó mi atención cuando nos presentaron en la reunión de monitores.

Inexplicablemente, me ponen mucho las cicatrices. Me da igual la parte del cuerpo en la que las tenga el chico, que siempre acabo practicando sexo con ellos y sus cicatrices; mirándolas, tocándolas, besándolas y, rozándolas mientras muevo mi cuerpo contra sus cuerpos.

—¿En qué piensas?

Marcos aferra su mano a mis caderas y la fuerza de sus brazos de jugador de baloncesto hacen su mejor puntuación en esta tienda de campaña, encajando sobre su cuerpo. 

—Qué no pierdes el tiempo. 
—Val, los renacuajos vendrán a por ti para que ahuyentes a esos fantasmas.

Da otro toque certero a mis caderas para que quede completamente encima de él y lo rodee con mis piernas. Ya no tiene escapatoria, ni quiere tenerla. 

—¿Sabes que me tiene obsesionada esa cicatriz en tu boca? Y que quiero… —Pero gimo al sentir el roce de mi sexo sobre su erección, a pesar de los límites de la tela del pantalón y mi coulotte.
—Tengo más cicatrices, ¿sabes? —aprieta sus dientes al hablar, liberando el placer de sentir el cuerpo con cuerpo. 
—Cédeme la primera cicatriz que he encontrado —desafiante, estira de mi camiseta para lograr el cara con cara. Atrapa mi labio inferior con sus dientes, en un ligero mordisco. 

Mis gemidos de placer le dan alas.
Me muerde con más fuerza, tanteando mis límites. Cuando escucha el gemido de placer mezclado con el de sufrir con gusto, frena el pinzar de sus dientes y me libera de la dulce tortura.
Sonríe de lado al ver que repaso la palpitante zona, con la lengua. 
Cuela sus manos por debajo de mi camiseta, apretando sus dedos en el recorrido hasta mi pecho. Su presión es dominante, fuerte, directa. Justo lo que me imaginé.

Dejo caer mi cabeza hacia atrás, invitándole a arañarme y morderme donde le plazca.
Me hace sentir viva, adulta y con ganas de ser yo quien mande en esta tienda.

Le doy paso a desnudarme, alzando los brazos para que acabe el recorrido de mi camiseta.
Torpe, doy un manotazo al techo de la tienda.
Sujeto rápidamente los palos de la estructura, esperando a que se estabilice o, acabaríamos siendo rescatados por los pequeñajos.

—¿Piensas cargarte la tienda cuando follemos? —se carcajea de mis malabarismos.
—Ah, pero... ¿Vamos a follar o vigilar? —juego al despiste. Asiente, con seguridad, haciendo morritos para remarcar que sabe de lo que habla. 

Me quito la camiseta con algo más de maestría. Brusca pero certera.
Mira mis pechos al desnudo, sin pudor. Le da igual lo que piense de él. Le da igual ser invasivo.

—¿Qué tenemos aquí…? —se incorpora, apoyando el peso sobre sus antebrazos para acercar su boca a mis pechos.
—Una tienda de campaña da mucho juego, Marcos.
—Todo juego tiene sus reglas. Y me gusta hacer trampas —lame y deja un beso en el pezón del que se ha encaprichado.
—¿Has hecho alguna vez un 69 en una tienda de campaña? —propongo apenas sin firmeza en el tono, aturdida por la humedad y calor de su lengua.
—Estoy deseándolo. 

Escapo del encaje de nuestros cuerpos.
Tanteo la goma de mi coulotte, dispuesta a empezar el sexo oral compartido, sin nada que me lo impida.
Capta las reglas. También se deshace de sus pantalones y de su bóxer.

Quiero seguir encima. Es justo lo que más placer me da; alejar y acercar mi sexo de la boca de los chicos, controlando el orgasmo.

¿Nos cuentas tu romance?

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